Con pesar, pero a la vez con un profundo desagrado, descubro que muchas de las más nefastas herencias que nos dejó la Dictadura siguen haciendo presa de algunas personas; me refiero al anonimato y la impunidad. ¿Es posible que aún queden seres de bajo espíritu que, amparados en el anonimato, se dediquen a denostar a las personas? ¿Es concebible que todavía haya gente que tenga la impunidad de ir por la vida derrochando bajeza?
Lo peor de todo es que no es a mí, la persona, a la que se insulta y agrede, sino a un medio de expresión tan sublime como la literatura y la poesía.
Este espacio es personal y aunque no es privado, el mundo tiene el derecho de no acceder a él si lo visto no es compartido por sus mentes y preceptos. Pero nadie tiene el derecho de utilizar esta plataforma como tribuna para echar a correr su falta de altura de miras y su probreza espiritual.
El comentario, en cuestión, no será borrado porque no tuve, en aquellos tiempos oscuros la más mínima intención de encubrir los abusos cometidos bajo la premisa del desconocido que no da la cara, ni se identifica, y, por ende, menos lo haré ahora cuando, a mi parecer, estas odiosidades y lacras deben quedar al descubierto para ser erradicadas de una vez por todas de entre nosotros.
Y en lo que a mi blog respecta, seguirá siendo un arma de manifestaciones personales y continuará agradeciendo los comentarios y las críticas de aquellas personas decentes que siempre me han hablado a través de él.
El anonimato es pernicioso y la impunidad, nociva.