La vida no tiene sentido. Y, ¿por qué habría de tenerlo?
La vida es esa mezcla de tiempo y espacio que usamos de soporte para pasar o transitar por esta dimensión; es el colchón sobre el cual nos movemos.
Pero, entonces, ¿por qué exigirle más?
¿Acaso no somos nosotros mismos quienes debemos llenarla de sentido?
¿Acaso no son nuestras acciones las que orientan su rumbo y le imprimen lógica, contenido y consistencia?
Creo que cada vez que intentamos buscarle un sentido a la vida, nos equivocamos tanto que arriesgamos nuestra salud mental y terminamos agobiados y deprimidos por una frustración equivocada.
El significado de las cosas lo damos nosotros cuando reconocemos y valoramos lo que tenemos a mano, lo que nos arranca pasión, lo que aún no descubrimos y nos motiva a seguir en la búsqueda de la verdad. Ahí la vida adquiere sentido, es decir, cuando se lo otorgamos; somos quienes tenemos la capacidad de sopesar, de medir, de sentir, amar y odiar los que definimos el sentido, la causa, el valor, la importancia y la urgencia de las cosas.
Quizás le temamos al riesgo de mirar dentro nuestro y encontrarnos con un espacio vacío, fatuo y desolado y, por ello, cometamos el error de creer que las respuestas están allá afuera.
No. Claro que no.
Las respuestas, los rumbos, las lecciones están dentro de cada uno...sólo hay que aprender a oirlas, a percibirlas y, muchas veces, descifrarlas y, lo más importante, sólo hay que prepararse para ser capaces de, luego de visitar nuestro mundo interior, mirarnos al espejo sin querer salir arrancando con lo que éste nos devuelve de nosotros mismos.













































