sábado, noviembre 01, 2008

23 de noviembre de 1991...


Waldo era un hombre simple: disfrutaba del fútbol, en la cancha de su barrio, los domingos por la tarde, tenía costumbres y hábitos de funcionario público, como demorarse en empezar a atender público y apurarse para marcar la tarjeta de salida y jactarse de la atracción que ejercía en las mujeres de la oficina.

Todo en su vida corría por el carril correcto, rutinario y estable. Hasta que tuvo el mal ojo de fijarse en mí; ahí comenzaron sus quebraderos de cabeza ante esta mujer que le resultaba tan extraña como atractiva.

No es que fuera una alucinación, ni una aparición celestial. Sólo era muy distinta a las que había conocido y de quienes se había enamorado hasta ese entonces. Una mujer que ponía su carrera universitaria por sobre cualquier afecto y quien, iniciada la relación, le dejó muy en claro que más temprano que tarde, volvería al puerto a retomar los cuadernos y los libros que habían quedado congelados.

Una mujer que rehuía sentirse la "patita de conejo" de un hombre, relegándose al segundo plano y a la boca cerrada. Una mujer que siempre tenía algo que decir y, si no sabía, preguntaba sin tapujos ni vergüenzas. En fin, una mujer distinta a las "suyas".

Para mí, el romance era importante, aunque no urgente, ni decisivo. Para Waldo comenzaba a ser más determinante, aunque no lo demostraba en exceso. En resumen, ésta debía ser una relación más, como muchas otras que un ser humano vive a lo largo de su vida.

Pero algo cambió el curso de la historia, definió su existencia y marcó, con un ribete negro, el calendario de la mía.

Sin percibirlo había un hilo conductor que, silenciosamente, teñía nuestras pequeñas disputas y menores discusiones: los celos de él. Nunca me parecieron amenazantes, sino más bien, casi pueriles, ingenuos y hasta irrisorios, ya que no iban enfocados a un "otro", sino que a todo aquello que yo pudiera pensar, desear y soñar y que no lo involucrara como protagonista. Quizás por ello, jamás les presté mucha atención y ni siquiera los discutí con vehemencia.

Hasta que llegó el momento en que se mostraron en su total desequilibrio. Era una celebración de trabajo (no recuerdo el motivo). El ambiente estaba muy festivo y el grupo de amigos bailaba entre sí, salvo yo que departía con gente más allá de los límites del círculo social. Eso le molestó y, consecuente con su habitual manera de proceder, me pidió que conversáramos. Allí me manifestó su enojo y yo hice lo propio, recordándole que no era su "propiedad", sino su pareja.

Fue en ese momento que comenzó a oírse una canción, de aquellas de moda y que nos gustaba a ambos y fue en ese momento, también, que Waldo dijo algo que yo desestimé: era la última vez que oía ese tema.

Volvimos a la fiesta, seguimos cada uno por su lado, aunque, según yo, no enojados y nos perdimos de vista.

Lo siguiente que recuerdo fue un alboroto repentino y voces que decían que había ocurrido un accidente en la calle.

Salimos del lugar, nos encontramos con una pareja de pacos que nos informaron que, según testigos, un auto venía a mucha velocidad por la Alameda y no había alcanzado a detenerse cuando un joven se había lanzado a su paso...

Waldo se había suicidado.

1 comentario:

gonzalo dijo...

es ésto una pesadilla?

abrazos amiga.