domingo, diciembre 03, 2006

Metamorfoseándose la vida...

Nadie entiende que soy un insecto, un émulo de Samsa, una mujer atrapada en unos testículos que no pedí y que, por falta de monedas, deben vivir aprisionándome el alma.
No soy culpable de que no me preguntaran qué quería ser al nacer. Me trajeron y ya!
Por años, endurecí mi voz, me puse al arco, me paré con dificultad ante los urinarios de la escuela (dificultad para resistir no mirar pal lado). Pero nada! Ahí estaba yo y mi estigma; la yaga que debía ocultar, la palabra aflautada, la alita quebrada que todos comenzaban a ver.
Mi padre decidió que los militares me corregirían, aunque fuera a golpes. Mi capitán le sacó brillo a sus estrellas en mi espalda hasta que cumplí mi Servicio a la Patria y salí más maricón que dos años antes.
Lo mío era el arte y no los números, ni la mecánica, pero nuevamente mi padre intervino y pagó mis estudios en una Universidad con nombre de prócer. No demoré en obtener el cartón (ser marica no es sinónimo de ser leso).
Poco antes de que mi viejo muriera, le colgué el título frente a su cama para que su agonía fuera corta, su partida rápida y su conciencia flotara hasta el jardín del edén sin turbulencias en el viaje.
Mi mamá es otra cosa. Cuando se dio cuenta del hijo que tenía, exhaló un profundo y prolongado suspiro para rematar con un "Dios tiene sus razones para hacer las cosas" y comenzó a bordarme las camisas (enchularlas, se diría hoy), a prestarme su lima para las uñas y a vendarme los pies para que se vieran más finos.
Ya hace años que murió mi viejo y cada vez que me paro en esta esquina no puedo evitar acordarme de él; por aquí pasaba camino a la fábrica y por aquí pasan hoy sus compañeros obreros que, al verme, voltean la vista, aunque más tarde, en la nochecita, me digan palabras dulces en los oídos.
A veces pienso si mi padre no hizo lo mismo alguna vez; esas semanas que mi vieja lo tenía con restricción y no le daba la pasada. Quizás, en una de ésas, ligó con uno como yo y hasta le dio esa zurra que me prometía cada vez que, con un poco de alcohol, se me salía la Yazna que llevo dentro.
Hoy estoy aquí, en medio del parque, esperando un lance que me zambulla en el fin de semana; ese territorio alejado de la corbata, el protocolo y esas caretas que todos, cual más cual menos, lucimos en la oficina.
Soy ingeniero (el ícono de la masculinidad de día), me llamo Alfonso y mis jefes me palmotean la espalda por lo prolijo y dedicado.
Por las noches y aquí, en el parque, soy la Yazna y ando en busca de que alguien me palmotee el resto del cuerpo. Ojalá esta noche no sea floja. Necesito las monedas para ir a Baires, operarme y luego irme a un tugurio a bailar tango con un traje negro que guardo como hueso santo y una rosa roja atravesada en mi boca.
Después de ese sueño, no me importa volver a esta esquina, morir en manos de uno de esos pelados que buscan una raza que no existe o ser manoseada por un paco baboso, que jura que es hombre porque habla golpeado y pasó piola durante sus años de entrenamiento de perro.
El pobre gueón no sabe que mi procesión está en mi entrepierna y la suya en el uniforme...
Pero como decía mi taita "el hábito no hace al monje y en pelotas somos todos Lonconao"

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Genial, no existe otra palabra para esto, genial, te felicito Ale, estas con una soltura increíble, un abrazo. El tema bien escogido y muy bien expresado,profundo y trabajado a concho, Gracias por esta entrada tan clarita.

ignacio pérez dijo...

por un momento crei que era un hombre quien me contaba este relato, no tomes tanta testosterona, te ponen la voz ronca