domingo, agosto 27, 2006


Aquella noche de muchas copas y lengua fácil, terminamos enredados entre sábanas ajenas, intentando transformar el cariño en pasión. No resultó. Nada hizo que me vieras joven y lozana. Ninguno de mis felinos movimientos, ni mis susurros soeces, ni mi evidente humedad, lograron despertar en ti a ese animal que, poco antes, me describías con pelos y señales, embistiendo a cuanta hembra cruzaba una mirada contigo.
Quedé exhausta de tanto suplicarte, con mi cuerpo, que hicieras un alto a tus exigencias estéticas y me vieras como algo más que una confidente; algo más que unas canas en las sienes; algo más que un atado de arrugas que se cimbreaba sobre ti.
Te dormiste huyendo. Me vi en el espejo. Te violé. Y se acabó la tragedia.

1 comentario:

Luis Seguel dijo...

Un drama de los más amargos. Lo siento mucho